Cobos no fue un verdugo oportunista,
sino la expresión última y definitiva de una crisis que había dejado al
kirchnerismo sin opinión pública, sin confianza social en la economía, sin
aliados y sin gran parte del peronismo. Se necesita cometer muchos errores
políticos para convertirse tan rápidamente en un paria de la política después
de usar y abusar de un poder hegemónico durante un lustro.
El primer y más grande error fue el capricho. La
Presidenta y su esposo dejaron pasar no menos de cuatro o cinco oportunidades
para acordar con las entidades agropecuarias un final digno del conflicto. Los
ruralistas no fueron el motivo de tanta decadencia, pero su resistencia fue
esencial para catalizar el malhumor colectivo.
Una cierta ceguera política se apoderó del liderazgo
político de la Nación, que le impidió ver que ya no era hora de doblar la
apuesta, como lo había hecho siempre el kirchnerismo, sino de apaciguar los
conflictos que podían crecer al calor del descrédito oficial. Crecieron, hasta
tomar la dimensión de la enorme derrota de esta madrugada.
Cobos hizo bien en jugar su papel institucional volcándose
hacia donde estaba la sensación generalizada del Congreso. Hasta los
oficialistas que votaron por el proyecto de las retenciones lo hicieron, tanto
en la Cámara de Diputados como en la de Senadores, con la sensación, fácilmente
perceptible, de que estaban haciendo lo incorrecto. Un desempate del
vicepresidente a favor del proyecto oficial hubiera significado arrancarle al
Congreso una decisión contra su naturaleza y contra su opinión más extendida.
Hubiera sido un exceso del poder circunstancial y casual de un solo hombre.
La Presidenta tiene la Jefatura del Estado y su
responsabilidad es ineludible. Pero tan notable como esa responsabilidad fue el
fracaso de la estrategia diseñada por su esposo, el ex presidente. Néstor
Kirchner llegó a boicotear, en nombre de la "compañera Cristina", las
negociaciones con el campo que abrió la propia Presidenta. El jefe de Gabinete,
Alberto Fernández, hablaba con los dirigentes rurales por indicación de
Cristina Kirchner, pero el pendenciero secretario de Comercio, Guillermo
Moreno, salía paralelamente a agredir a los ruralistas por orden de Néstor
Kirchner.
Las formas del maltrato kirchnerista están también en la
explicación de la soledad en que quedó el oficialismo cuando le llegó la
adversidad. El ejercicio de cortar siempre puentes políticos y afectivos
significa anular cualquier posibilidad de retirada o de rectificación. Se juega
a todo o nada, a la derrota o a la victoria. La derrota se abatió ahora
definitivamente sobre el oficialismo.
Una administración débil deberá afrontar un destino de
tres años y medio más de vida. Podrán citarse muchos ejemplos de gobiernos del
mundo que perdieron votaciones en los parlamentos y tuvieron luego una vida
lozana. Son ciertos. La única y crucial diferencia es que ninguno de esos
gobiernos mandaba como mandaban los Kirchner. El matrimonio presidencial
argentino no sabe gobernar de otra manera que no sea asestándole su propia
voluntad a la política y a la sociedad.
Eso es lo que ha terminado en la madrugada más ingrata de
los Kirchner. El destino de los actuales gobernantes se cifra ahora en su
capacidad para cambiar un modelo de gobernar y en descubrir un modo consensual
de administrar el país. Los Kirchner nunca han recurrido a esas prácticas
normales de la política, ni en Santa Cruz ni el gobierno nacional. No se puede
predecir, por lo tanto, lo que sucederá cuando las cosas carecen de experiencia
previa.
JOAQUÍN MORALES SOLÁ